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Placer individual aunque en compañía
Cuando una persona no busca al otro o a la otra como fin, sino como un medio que
proporciona un placer, podría decirse –en palabras de Carmen Segura–, que
entonces, en esa actitud, hacer el amor sería más bien hacerse el amor, lo
cual, evidentemente, tiene más que ver con la masturbación –pues se
circunscribe a la búsqueda individualista de la propia satisfacción– que con
el acto sexual, pues, en definitiva, aunque se realice por medio de otro, es
algo que se hace para uno mismo.
Cuando lo que se busca sobre todo es aplacar el ansia de sexo, ese placer no
alcanza a satisfacer, aunque calme provisionalmente la apetencia, porque todo
placer corporal desvinculado de lo espiritual resulta frustrante. Y su búsqueda
aislada –individual o en compañía–, cuando se convierte en hábito, llega
pronto a saturar y defraudar (y todo eso aunque resulte difícil dejarlo).
Ese defraudamiento se produce, no sólo respecto del placer obtenido, sino también
y principalmente respecto de uno mismo. Tarde o temprano esa conducta acaba
produciendo un desgarramiento interior, e incluso un rechazo y un menosprecio de
uno mismo.
Esa persona, aunque quizá le cueste reconocerlo hacia el exterior, se encuentra
acostumbrada a la búsqueda de determinadas compensaciones, atada a ellas. Le
parece casi imposible vivir sin ellas, pero cuando se las permite, e incluso en
el mismo momento en que las está disfrutando, siente un desencanto de sí misma
y del modo en que vive. Quizá desearía actuar de otro modo, emplear de otra
forma sus energías, pero esa búsqueda de placer se ha convertido en cadena que
ata, que pesa y que esclaviza.
Aunque parezca una comparación exagerada, es semejante a lo que sucedía en
aquellos antiguos banquetes romanos. Se buscaba el objeto del placer y después
se vomitaba para volver a comer de nuevo. El objeto buscado, tanto en el
caso del sexo como de la comida, no produce satisfacción completa y pacífica,
y ha de ser continuamente repetido o sustituido. En el fondo, se siente poca
estimación por él, pues es sobre todo un simple medio, tanto menos apreciado
cuanto más se siente uno necesitado de recurrir compulsivamente a él.
—Pero habrá un término medio. Entre la gula y la
huelga de hambre hay un amplio margen de posibilidades. No hay que vivir para
comer, sino comer para vivir. Y el común de los mortales se permite sus pequeños
placeres, aunque simplemente sea por concederse un capricho. Puede hacerse esto
sin caer en dependencias ni hastíos.
Es cierto, y por eso debo insistir en que las razones que acabo de apuntar no
son de carácter moral, sino de tipo práctico. Es como si al decir que robar
conduce al hábito de robar, porque los actos malos crean dependencia, se
objetara que se puede robar de vez en cuando alguna cosilla sin crearse
problemas de adicción. Eso es cierto, pero es que, además, robar no está
bien, aunque no cree adicción. Intentaré explicarlo mejor.
Contigo mientras me gustes
Como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría, si una persona le dice a otra que le
ama, el mismo lenguaje supone que en esa expresión hay un para siempre. No
tendría mucho sentido que dijera: “Te amo, pero probablemente ese amor sólo
me durará unos meses, o unos años, mientras sigas siendo simpática y
complaciente, o no encuentre otra mejor, o no te pongas fea con la edad.”
Un te amo que implicara sólo por un tiempo no sería una verdadera declaración
de amor. Es, más bien, un “me gustas, me apeteces, me lo paso bien contigo,
pero no estoy dispuesto a entregarme por entero a ti, ni a entregarte mi
vida”.
Una persona, o se entrega para siempre, o no se entrega realmente. Y si uno se
ha entregado, la entrega del cuerpo es la expresión de la entrega total de la
persona. Entregar el cuerpo sin haberse entregado uno mismo tiene cierto
paralelismo con la prostitución, con la utilización de la propia intimidad
como objeto de intercambio ocasional: dar el cuerpo a cambio de algo, sin haber
entregado la vida. Sólo dentro de un amor que no pone condiciones, de un amor
que, por serlo, es entrega al otro, alcanza su sentido la mutua comunicación
que se produce al llevar a término el acto sexual.
El amor verdadero sabe esperar
Angela Ellis-Jones, una abogada británica de 35 años, mujer no creyente y
nada sospechosa de ideas conservadoras, explicaba en un programa de debate de la
BBC2 y en un artículo en el Daily Telegraph cuáles eran sus razones para
permanecer virgen hasta el matrimonio.
«Desde mi adolescencia sabía que había de guardarme para el matrimonio, y
nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.
»La castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el
verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que
pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuanto más a la ligera entregue
uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo.
»Quien de verdad ama a una persona, quiere casarse con ella. Cuando dos
personas tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio no se tratan una a otra
con total respeto. Una relación física sin matrimonio es necesariamente
provisional: induce a pensar que aún está por llegar alguien mejor. Me valoro
demasiado para permitir que un hombre me trate de esa manera.
»Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado
el destrozo que producía el sexo frívolo en las vidas de algunos compañeros
de escuela. Ya entonces me resultaba evidente que cuando se separa matrimonio y
sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y se devalúa
el matrimonio mismo. Quiero casarme con un hombre que tenga un concepto de la
mujer lo bastante elevado como para guardarse íntegro para su esposa.»
—Alguien podra decir: Me parece un ideal atractivo,
pero la gente joven desea tener relaciones sexuales cuanto antes, y pocos serán
capaces de aguantar.
Me parece que no es así. Y creo que pensar eso es menospreciarles un poco.
A la gente joven le da rabia,
y con razón,
que los adultos les consideren
incapaces de plantearse
metas elevadas.
La juventud es un momento muy especial de la vida, es la época donde se forma
la propia identidad, en que se toman las primeras decisiones personales serias.
Hay una especial sensibilidad ante la fuerza de unas palabras, ante el
testimonio del ejemplo. En medio de las victorias y derrotas morales de cada
hombre, se va construyendo un ideal de vida, se va formando la conciencia, esa
vara con que se mide la dignidad humana, el verdadero indicador del desarrollo
de la propia personalidad.
Es cierto que algunos –más los mayores que los jóvenes– piensan que lo
realista es buscar cuanto antes gratificaciones sexuales, y facilitarlas a
otros. Dicen que prefieren ese pájaro en mano a un amor ideal que ven como algo
muy lejano. Y aunque es comprensible que a una persona le deslumbren las
gratificaciones inmediatas frente lo que quizá ve como promesas inciertas,
construir la propia vida requiere abrir horizontes nuevos al deseo, aprender a
valorar lo que todavía no tenemos en la mano pero que, por su valor, nos vemos
llamados a alcanzar. Así lo entendía esa joven abogada británica.
Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide
alcanzar lo realmente valioso.
El hombre de deseos insaciables
es como un tonel agujereado:
se pasa la vida intentando llenarse,
acarreando agua
en un cubo igualmente agujereado.
La sexualidad fuera de su debido contexto responde a un impulso instintivo, que
se inflama súbitamente y luego se apaga enseguida. Es una llamarada tan
intensa como fugaz, que apenas deja nada tras de sí, y que con facilidad
conduce a un círculo angosto de erotismo que, en su búsqueda siempre
insatisfecha, considera que otros conceptos más elevados del amor son una
simple ensoñación, cuando no un tabú o algo propio de reprimidos.
Sócrates hablaba de una voz interior que le aconsejaba, le reprendía, le
impulsaba a buscar la verdad. Esa voz es lo más lúcido de nosotros mismos, y
nos advierte que no debemos quedarnos en las meras sensaciones, sino buscar la
verdad que hay en ellas, su auténtico valor, y no el que está más a mano,
sino el más profundo.
No se trata de controlar al modo estoico las tendencias instintivas, sino de
desear ardientemente valores más altos. No es cuestión de reprimir las
tendencias, sino de saber dirigirlas. Un director de orquesta no reprime a ningún
instrumentista, sino que señala a cada uno el camino que debe seguir para
realizar su función de modo pleno: en unos momentos habrá de guardar silencio,
en otros tendrá que armonizarse con otros instrumentos, y otras veces deberá
asumir un mayor protagonismo.
Cuando alguien descubre la realidad del amor, tiene la certeza de haber
descubierto una tierra maravillosa hasta entonces desconocida e insospechada. Se
considera feliz y agraciado, y con razón. Es una lástima que por no acomodarse
al ritmo natural de maduración del amor, algunos quieran comer la fruta verde y
pierdan la meta que podrían haber llegado a alcanzar. Ellos mismos se acaban
dando cuenta, tarde o temprano, de que en el mismo momento en que esa persona
les entregó prematuramente su cuerpo, cayó del pedestal en que la habían
puesto.
—Pero el atractivo del sexo es muy fuerte y la gente quiere hacer uso de él
libremente.
No estoy en contra de la libertad, evidentemente. Pero sabemos que –como ha
escrito José Antonio Marina–, la libertad es la adecuada gestión de las
ganas, y unas veces habrá que seguirlas, pero otras no.
El deseo es ciertamente
un motivo para actuar,
pero sólo el deseo inteligente
es una razón para actuar.
Cualquiera puede hoy encontrar sexo con bastante
facilidad. No requiere especial talento ni habilidad. No es algo que haga a
nadie más hombre ni más mujer. Lo difícil, lo valioso, es encontrar un hombre
o una mujer que se hayan guardado para quien un día será su marido o su mujer.
Una persona normal que haya sabido esperar, sin miedos, sin fantasmas. “Una
persona que, simplemente, se guardó para mí. Sí. Exactamente eso es lo que
busco. ¿Cómo lo lograste?”.
¿Es realmente posible esperar?
Bastantes personas entienden al principio el sexo como un modo de diversión
más. Pero cuando piensan en encontrar a alguien con quien compartir su vida,
cuando piensan ya en algo serio, es fácil que entonces comprendan que el valor
de esa persona que están buscando tiene bastante relación con su capacidad de
esperar, de guardarse para él.
—Sí, pero esa persona de la que hablas no ha logrado esperar y guardarse
para el otro...
Si no lo ha logrado hasta hoy, le recomendaría que al menos lo intente
seriamente a partir de ahora. Si aún puedes –le diría– ofrecer tu cuerpo
de primera mano a quien vaya a ser tu marido o tu mujer, tienes un tesoro muy
valioso, consérvalo. Si no puedes decir ya eso, que al menos puedas decir un día
que has logrado esperar por él, o por ella, los meses o años que aún te
quedan.
—Otros tienen miedo de perder a su novio o su novia si no acceden a tener
relaciones sexuales. Si el otro les dice que “todos lo hacen”, o “si me
quieres, demuéstramelo”, no encuentran argumentos para negarse.
Pienso que debe plantearse al revés. Si hay amor, con la espera pasará la
prueba de su rectitud. Si te quiere de verdad, no lo perderás, sino que
adquirirá una estima mayor por ti.
Verá que no te entregas a cualquiera,
sino que te guardas
para quien vaya a ser
el padre o la madre de tus hijos.
La Iglesia católica no aprueba las relaciones prematrimoniales precisamente
porque tiene una enorme estima por el amor conyugal. Quiere ayudar a proteger y
custodiar algo de lo que depende tanto para la propia pareja y para toda la
sociedad.

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